Cuando Gaspar del Puente salió de casa, caminó cuesta arriba sin mirar el cielo. Iba analizando los adoquines de la calle y les daba características de seres vivos.
–Amarillento, con pecas y gordo.
Siempre que estaba asustado procuraba distraerse con su imaginación. Y como Montsera era prácticamente un pueblo de piedras, aprendió a personificarlas y convertirlas en sus aliadas.
–Gris claro, con la esquina puntiaguda y una mancha de nacimiento. –Avanzó un poco más, buscando adoquines interesantes, olvidando durante unos segundos su deber–. Gris celeste, achatado, con mejillas hundidas y sonrisa triste.
Miró cuesta arriba. Unos cinco metros adelante, junto a una muralla, estaba ese adoquín que tanto le llamaba la atención: el más negro y lustroso de todos. Se acercó.
